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Hablando del alma

09.02.2024
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¿Podemos hablar sobre el alma? Más allá de los compromisos religiosos, seguro alguna vez nos hemos preguntado sobre su existencia y persistencia después de la muerte.

Las respuestas no importan tanto; sabemos que ahí donde se habla del alma no puede haber tanta verdad, ni evidencia científica que venga a respaldar fenómeno alguno. El alma, como la muerte, es de aquellos temas cuya importancia y belleza es proporcional a la imposibilidad de afirmaciones categóricas. En torno al alma hay solo preguntas, medias verdades, intuiciones, metáforas, locuras, ficciones, mitos escatológicos y filosofía. 

Había mucha filosofía. Hasta que en la filosofía se habló sólo de la mente. Y la mente es un objeto de estudio más adecuado para análisis métricos y descriptivos: se asocia más con la ciencia que con la religión; su discurso desplaza la metáfora por el concepto, el misterio por la evidencia. Una lata. Porque hay algo en el lenguaje del alma que no se juega en el de la mente. 

En la filosofía antigua, el alma es el lenguaje de la vida, de la integridad psicosomática, del carácter moral o de la capacidad emotiva y cognitiva, de la identidad psicológica y, sobre todo, una justa organización y relación entre todas estas cosas. El alma no es una cosa, ni una suma de cosas. 

Los griegos hablaron muchísimo del alma, la psyché. Ninguno dijo lo mismo, por supuesto. De hecho, hay poca coincidencia en este tema, aunque en todos parece existir el legado homérico del alma como último aliento. En Homero, el último respiro vital es, por metonimia, la vida. En el cuerpo, el alma es vida, y después del cuerpo el alma retiene cierto grado de vitalidad, una vitalidad incorpórea con todos los rasgos físicos y psicológicos del difunto. 

El alma no es una parte del cuerpo. Es el cuerpo y el alma después de la vida, una suerte de simulacro o doble con residencia en el inframundo. Quizás sea significativo mencionar que el alma es algo que tiene valor; es una posesión cuyo arrebato se padece y compadece.

Una buena pregunta es si acaso se puede perder el alma en vida, ¿qué es un desalmado si no ese al que se le fue la vida y los valores?

Ricardo Cocciante lo reconoce cuando con un grito de despecho llama a su amante (¿ex novia?) bella sin alma, luego de acusarla de saber desnudarse con cualquiera. 

En Homero, esto se restringe a la vida humana, pero el concepto se extiende para ocupar todo aquello que tenga vida a partir del movimiento. Tales de Mileto dice que los magnetos tienen alma. ¡Los magnetos!

Es común decir que el alma habita en toda vida orgánica, sobre todo animal, y da lugar a especulaciones filosóficas mezcladas con la religión órfica que afirman la inmortalidad del alma en la reencarnación. Mi hija de 4 años me pregunta si es que todos nos vamos a morir o solo algunos, como si fuera una decisión o un destino selectivo. Que el alma sea inmortal no significa que sea inmaterial o que no se confunda con la materia. Heráclito plantea que el estado ideal del alma es la sequedad o el calor. Lo prueba apuntando al estado errático del borracho, cuya alma está humedecida por el alcohol. 

También se dice, previo a Platón, que el alma es aquello donde se centra la vida emocional, sobre todo la rabia, y el carácter moral: la valentía. Para los filósofos griegos clásicos (ss. V y IV a.C) la capacidad emocional no es lo distintivo del hombre, sino su inteligencia o racionalidad. El debate está abierto. El alma se vuelve compleja y tiene partes: apetitiva, irascible y racional. La definición, entonces, sería el buen funcionamiento de un alma, es decir: su organización o unidad. Para esto las metáforas son las de la armonía, la salud y la justicia.

Platón destaca la relación entre las partes proporcional a su capacidad de gobernar, asistir y obedecer, mientras que Aristóteles promueve la actividad propia de pensar de manera que el alma se dispone en todas sus facultades de forma virtuosa. Ambos lo piensan estructuralmente como coordinación y buena disposición. 

Mientras las funciones del alma racional están bien establecidas, no está tan claro cuál sea su realidad.

Platón coloca al alma racional en la cabeza siguiendo a la tradición médica, mientras que Aristóteles la posiciona en el pecho. Platón afirma su inmortalidad, siempre con la retórica de distintos mitos. En el caso de Aristóteles, no parece ser tan claro cuál es el estatus del alma racional después de la muerte. 

Aunque este tipo de convicciones no son lo importante. La pregunta por su realidad y existencia, lo que ella es y dónde va a parar es secundaria a la pregunta por su buen funcionamiento, cómo ella es o cómo debiera ser. Y es que cuando se trata del alma, la pregunta prescriptiva precede a la pregunta descriptiva. 

En la literatura médica del período clásico se habla del alma, ocasionalmente, como modelo alternativo para explicar la sintomatología que involucra estados mentales o emocionales alterados: sueños, visiones, fiebres. Esto rivaliza con teorías sobre el corazón como el asiento de la vida mental y emocional (cardiocentrismo), con la intervención de la sangre o el cerebro (encefalocentrismo) o con la intervención del aire. Este es un término de poco uso y no es central para explicar la vida psíquica, incluso si es que se refiere a las actividades mentales y emocionales del paciente. Las fuentes hipocráticas pueden ser ricas en descripciones, pero no evalúan el bienestar del alma en términos éticos, como lo hace la filosofía. No hay indicaciones sobre el cuidado o salud del alma. No hay metáforas sobre su buen funcionamiento, ni tampoco mitos sobre su inmortalidad. 

Por otra parte, las teorías sobre el alma en la filosofía -llamadas de modo laxo psicologías-, parecen siempre adaptarse a las teorías sobre el bien humano. Esto es bastante claro en el período helenístico (ss. IV-I a.C), con epicúreos y estoicos, cuyos sistemas éticos y físicos están íntimamente conectados. El alma, en ambos casos, es un compuesto material. Estrictamente, no hay dualismo entre cuerpo y alma. Todo es cuerpo. Pero sí hay una distinción sobre las funciones que cada parte realiza. 

El alma en Epicuro es un compuesto de átomos sutiles con funciones cognitivas y emocionales peculiares. En los estoicos, es un compuesto de aire y fuego (pneuma) con todas las funciones psíquicas y cognitivas, incluidas aquellas que se asocian tradicionalmente al cuerpo, como el deseo y la percepción. Acá las metáforas de buen funcionamiento son el equilibrio (atómico) y la tensión (neumática). El alma del sabio epicúreo no padece movimientos bruscos ni descompensaciones materiales; el alma del sabio estoico se mantiene en perfecta tensión por la dilatación térmica del fuego y la contracción térmica del aire. Este perfecto funcionamiento es estructural del alma y se traduce en una vida de conocimiento y buenas decisiones. No se traduce -como es de esperar en un modelo corporeista-, en una vida eterna, pues el alma es mortal. Hay conciencia de muerte

Hay pocas coincidencias sobre las doctrinas del alma en los filósofos antiguos. Los recursos literarios e imaginativos sobre su estatus mortal/inmortal, su designación, su constitución, su ubicación, su relación con el cuerpo, su paradero post mortem, todos ítems descriptivos, señalan la dificultad, pero, al mismo tiempo, la necesidad de hablar sobre el alma. El discurso médico, de corte científico, prefiere hablar sobre los humores, el corazón o el cerebro. 

Los filósofos no hacemos eso. 

Con todas las dificultades que supone la falta de demostración, hablar sobre el alma es hablar sobre el bien del alma. Que la metáfora propia del lenguaje del alma sea vida, salud, armonía, justicia, equilibrio o tensión busca postular el alma como una unidad funcional, un todo organizado, que -desde la gracia de la naturaleza dada, sean átomos, fuego o formas-, se perfecciona mediante el buen uso de todas sus facultades, pensamiento, emociones y acciones. 

Con nostalgia y atrevimiento, me pongo a pensar que algo se perdió cuando dejamos de hablar del alma y nos pusimos a hablar de la mente. Más comprensible, menos fascinante.

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